Chávez, el padre del alba

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Por Iñaki Chaves

Un monarca le mandó callar cuando lo que debería haber hecho es callarse él y mirarse primero antes de criticar a los demás

Algunos le habían matado ya antes y otros le hubiesen querido matar tiempo atrás. Pero él se murió ese día y dejó huérfana a Venezuela y a América Latina. Uno de los líderes más sólidos y valorados por su labor política; también, como ocurre casi siempre, uno de los más denostados. Pero en las urnas, donde se supone que se mide la democracia de un país, aunque los poderes lo reconozcan solamente si son sus intereses los que ganan, triunfó en todas menos una de las elecciones que enfrentó en sus catorce años al frente de la República Bolivariana de Venezuela.

En estos cinco años desde su muerte, Venezuela parece haber navegado por un mar embravecido en el que las olas le chocan por los cuatro costados. Evidentemente, Maduro no es Chávez y su timón y esa falta de carisma han situado al país, mucho más que en la época del anterior presidente, en el punto de mira mediático mundial. A Venezuela se le da madera por todo, cualquier excusa, la más mínima sospecha, el bulo menos contrastado o el más tonto de los motivos es causa suficiente para echarle tierra a aquel país.

Cierto que hay motivos para criticar la deriva, pero no más de los que habría para atacar a otras muchas naciones. Entre esas Colombia o España, que no son precisamente un dechado de derechos sociales y de virtudes democráticas (algunos se rasgarán las vestiduras). Sin embargo, en este quinto aniversario los medios se han dedicado más a atacar la labor de Maduro y la situación de Venezuela que a recordar la figura de Hugo Chávez. Porque no olvidemos que hoy el peligro político es la amenaza del castrochavismo, el nuevo comunismo que nos puede contagiar. No se dan cuenta de que ven antes la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio.

En este quinto aniversario los medios se han dedicado más a atacar la labor de Maduro y la situación de Venezuela que a recordar la figura de Hugo Chávez

A muchos se les dibujó una gran sonrisa en el rostro con la muerte del padre del ALBA. Mucho lobo hambriento con las fauces babosas esperando hincar el diente sobre la patria huérfana; mucho idiota y mucho inútil que no sabrá que con la muerte de Chávez se perdió un referente popular, desapareció un luchador y un visionario del futuro de América Latina como un continente convertido en una gran república bolivariana.

La labor de Maduro, con todos sus errores, ha conseguido mantener a las jaurías a cierta distancia. Pero están cada vez más cerca. La marcha de Fidel Castro también contribuyó a que Venezuela estuviera más sola. Los líderes de Ecuador y Bolivia no son tan carismáticos y Lula está metido en un lío.

Puede que los modales de Chávez no fueran los más finos, pero decía verdades como puños. Puede que fuera tan querido como odiado, pero le querían los pobres, la gente del pueblo, y le odiaban los poderosos. Sólo por eso ya merecería toda la admiración de esa mayoría minoritaria que buscamos cambiar el mundo para que sea mejor.

Un monarca le mandó callar cuando lo que debería haber hecho es callarse él y mirarse primero antes de criticar a los demás. Porque, al margen de su historial de cazador, de animales y de mujeres, ¿qué poder tiene un rey hereditario nombrado a dedo por un dictador para mandar callar al presidente de un país que había sido elegido democráticamente por la mayoría de su pueblo? Y recordemos que España fue de los pocos países que dio legitimidad al intento golpista contra Chávez en 2002, bajo el gobierno del "otro" bajito del bigote.

Chávez empoderó a su pueblo. Uno de los pocos dirigentes en el mundo que tenía valor y fuerza para contener la invasión del nuevo imperialismo, un defensor de la patria bolivariana, un promotor y valedor del ALBA, la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, frente al ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas), un invento neoliberal para forrar a los ricos del Norte mientras se empobrece, más si cabe, a los pobres del Sur. Un defensor del beneficio para la mayoría frente al enriquecimiento de la minoría.

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Tras su muerte se dijeron de él frases como la del presidente Santos de Colombia, quien le agradeció su "dedicación y compromiso sin límites" en el proceso de paz; la de la entonces presidenta de Brasil, Rousseff, que afirmó que "dejará un vacío en el corazón, en la historia y en las luchas" sudamericanas; el sin par José Mújica, en ese tiempo presidente de Uruguay, advirtió sobre el riesgo de que se intente "desestabilizar a la Revolución Bolivariana", y el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), señaló que con la muerte de Chávez "la integración regional pierde a uno de sus grandes impulsores".

En el otro extremo, el anterior presidente de los EE.UU., Barack Obama, parece que declaró que "Estados Unidos sigue comprometida en promocionar la democracia, el respeto por la ley y por los derechos humanos". O sea, como vienen demostrando en tantas partes de la faz de la Tierra a lo largo de los últimos setenta años. Y se quedó tan tranquilo.

Multinacionales y otras entidades esquilmadoras de riquezas ajenas y usurpadoras de materias primas descansaron con la muerte de Chávez, pero creo que el pueblo venezolano, el latinoamericano y el pueblo llano de gran parte del planeta seguimos echando de menos a un socialista socarrón, mal presentador y peor cantante que sabía que para mejorar el mundo había que luchar por el socialismo desde la base, educando a la ciudadanía aunque te tildaran de bocazas, populista, comunista o qué sé yo.

Con sus errores y sus limitaciones pero siempre mirando de frente y al frente. Diciendo a la cara lo que otros callaban y uniendo al continente frente al neoliberalismo occidental. Algunas cifras a recordar de su gobierno: redujo la inflación de Venezuela del 28,2% al 18%, a pesar de un gran aumento del gasto público y muy en especial del gasto público social que subió en un 60% en los últimos diez años. Consiguió reducir la pobreza de un 71% de la población en 1996 a un 21% en 2010, siendo especialmente acentuada la reducción de la pobreza extrema, que pasó de ser un 40% en 1996 a un 7,3% en 2010 (algo que no consiguieron los Objetivos de Desarrollo del Milenio en quince años). También redujo el analfabetismo y la exclusión.

A su marcha, algunas voces le dedicaron un pequeño y merecido tributo: "Un legado de dignidad para un continente" (Juan Carlos Monedero), "una persona excepcional (...) de cuyo ejemplo seguiré tratando de aprender, de su amor extraordinario a las gentes sencillas y de su compromiso con el pueblo" (Juan Torres); "ha representado una manera distinta de hacer las cosas en un subcontinente asolado por el latrocinio de los gobernantes y por el neoliberalismo salvaje que impulsaban los mismos organismos internacionales que ahora aconsejan a Europa que se resigne a enterrar su estado del Bienestar" (Juan Carlos Escudier); "En estos tiempos, prefiero una revolución equivocada que esta inercia que nos mata sin pelea. Cualquier revolución, comandante. Que no descanse en paz tu boina roja" (Aníbal Malvar).

Ramonet, en una entrevista concedida a lamarea.com tras la publicación de su libro "Hugo Chávez. Mi primera vida", decía de él: "era un intelectual, un hombre que tenía una sensibilidad artística muy importante, de poeta, y que era muy sentimental. Si no hubiera sido tan artista, no estaríamos hablando de un creador político como ha sido, porque él ha sido un creador de conceptos políticos, como el socialismo del siglo XXI, la revolución bolivariana, o el ALBA (Alianza Bolivariana de las Américas), una palabra tan bonita, elegida por él y Fidel Castro. El alba, donde todo comienza."

Su figura, cinco años después de su muerte, se mantiene entre las de los líderes más destacados de la historia del continente latinoamericano. Un político que ganó dieciséis de las diecisiete elecciones que convocó en los catorce años que estuvo en el poder. La última con más de diez puntos porcentuales sobre su rival y de la que no llegó a tomar posesión del cargo por encontrarse ya gravemente enfermo.

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Una parte de su vida y de su pensamiento los recogieron Orlando Oramas León y Jorge Legañoa Alonso al recopilar los textos para el libro Cuentos del arañero, una especie de autobiografía en donde Chávez se reconoce como parte de su pueblo "yo no solo hablo con mi Pueblo, yo también soy ese Pueblo y de sus catacumbas vengo y a sus catacumbas vuelvo a cada rato en ese eterno retorno que es mi vida, impulsado por ese gran poder que está en la fuerza irresistible del amor, para decirlo con Bolívar. Por eso y por tanto, son leyendas, historias y cuentos que viene de las propias raíces, de los hondones de mi propia vida y de mis amores todos, de esos seres luminosos que tanto me animaron, acompañaron y me siguen inspirando."

El "arañero", porque de chiquito Hugo vendía las arañas que preparaba su abuela Rosa Inés. Un dulce típico de los llanos venezolanos que se prepara con papaya (lechoza en Venezuela), una fruta tropical que reúne muchas propiedades beneficiosas para la salud.

En el prólogo, ambos compiladores dicen de él "trajo de regreso a Bolívar, lo despojó de la coraza pétrea de las esculturas, lo bajó de los pedestales inmóviles de las plazas, se sumergió junto a él y lo hizo sustancia en el torrente de la gente, que se apropió del nombre, el pensamiento y la obra del Libertador."

Uno de los capítulos del libro está dedicado a Fidel Castro, quien se nombra a sí mismo y a Chávez como "dos tipos que andaban por ahí". Sé que mucha gente no estará de acuerdo, pero fueron dos grandes tipos, dos líderes sociales a los que la historia no sólo absolverá, sino que les tendrá que terminar reconociendo su alto valor político y humano. Sus países les echan de menos, el pueblo latinoamericano también les echa de menos.

Aló, presidente. En la lucha, comandante.

Fuente original: 

http://www.nuevatribuna.es/articulo/america-latina/chavez-el-padre-del-alba/20180312113559149597.html

 

 

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